
Crónica que escribí para el diario Crítica de la Argentina. Foto La Nación
“¡Qué querés, que te lleve a upa nena!”, grita un colectivero de la línea 24 a una pasajera que hace fuerza para entrar al interno 1971, a las dos y media de la tarde en la avenida Corrientes a la altura del Abasto.
Veinte cuadras antes, el mismo chofer le preguntó a su inspector si le daba permiso para que los usuarios entraran al micro por la puerta de atrás. “Hacé lo que quieras, sí esto es un quilombo”, le contestó bañado en sudor.
El 24 avanza lento. Los cuarenta pasajeros que están arriba, se acomodan como piezas de un rompecabezas. Una chica sufre mientras un señor transpirado pasa y la apoya.
Al menos un millón de personas ayer tuvieron que optar por otro medio de transporte que no sea el subte. Mientras los andenes estaban vacíos, las calles fueron un infierno.
“Los usuarios del subte están muy fastidiados y los entendemos. Nosotros venimos padeciendo a la patota de la UTA desde hace cerca de dos años. Es un grupo de choque que no trabaja y está financiado por la empresa: cobran los 30 días como si los hubieran trabajado, pero sólo sirven para apretar a los trabajadores. Los usuarios tienen que pensar que estamos dando una pelea que a ellos les gustaría dar en sus diferentes lugares de trabajo”, explica Néstor Etcheto delegado de la línea D.
“Tuve que salir una hora antes de mi trabajo para poder llegar a mi casa. A la mañana pude tomarme el subte antes del paro. Hace 45 minutos que estoy esperando que pase el 29”, dice Guillermo mientras hace una cola interminable en Diagonal Norte.
- ¡Dale querida, esto no es un taxi!- grita afónico el chofer del 24 a una chica que hace un esfuerzo terrible para que la puerta no le aplaste un brazo.
Laura tiene 58 años y trabaja en una oficina frente a Plaza de Mayo, es usuaria de la línea E. “A la mañana tardé 50 minutos en llegar a mi trabajo, cuando en subte demoro entre 15 y 20 minutos. Ahora hace media hora que espero que llegue el colectivo. Creo que siempre los usuarios somos los que pagamos las internas políticas. Hay muchas maneras de protestar”, dice.
Los que se beneficiaron con el paro fueron los taxistas que transitaban por la vía preferencial para taxis y colectivos, tratando de pescar algún pasajero cansado de esperar que llegue el colectivo. “Dupliqué o tripliqué los viajes. La gente está enloquecida y se te tira arriba del auto para que los levantes”, se ríe Marcelo.
Para Daniel, un usuario de la línea D, “el paro es una locura porque es una lucha de poderes que la pagamos los usuarios”, dice mientras espera el 151 que lo lleva a zona norte. Nora opina lo mismo “Salí una hora antes de mi trabajo porque si no era imposible llegar a mi casa. No estoy de acuerdo con la medida de fuerza. Me parece que hay otra maneras de protestar sin afectar a los usuarios”.
El interno 1971 de la línea 24 le cuesta arrancar, son las tres y cuarto de la tarde y está parado en Corrientes y Callao. El pasillo es intransitable y sigue subiendo gente por la puerta de adelante y la de atrás.












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